Anoche me desvelé ardiendo, empapado por un sudor ajeno con un aroma sospechosamente familiar pero desconocido realmente, miré al otro lado de la cama pero de nuevo solo me acompañaba un extraño vacío y unas arrugas amenazantes en las sabanas que me indicaron que de cierta manera no había pasado solo mis escasas e inquietas horas de sueño.
Nunca suelo recordar mis sueños, de ellos solo queda una frecuente sensación de cansancio y de zozobra que solo consigo ahuyentar con sorbos de un café amargo que indigestaría al mismísimo Satanás. Pero en esta ocasión no he conseguido ser presa de mi provechoso alzheimer matutino, de manera que durante todo el día no he podido dejar de reproducir escena por escena mi sueño, recordando perfectamente el motivo del mismo, la figura de una eterna desconocida que se adueñaba de mi colchón, mis fantasías y proyectos. Dotada con una voz articulada por el eco de antiguas pasiones, cabellos despeinados por las llamas del incendio creado en mi mente y un suave cutis de brasas que provoca quemaduras de tercer grado en la piel de mi irracional entendimiento.
Puede que el hecho de no recordar mis sueños sea un mero mecanismo de autodefensa que me mantiene alejado de los fantasmas pasados , y probablemente de los problemas venideros, que se esconden en algún remoto e inactivo recoveco de mi joven pero reseca sesera. Por eso cada vez que suena el despertador, me prometo no ser consciente de nada de lo que sucede en mi cabeza mientras duermo y ensuciar mi estómago con el peor café de la estantería del supermercado para tener entretenida la memoria de mis anhelos nocturnos y mantener la cordura que aún conservo.