Hasta hace poco he sido uno más de aquellos que pensaban que no hay nada que quede fuera de nuestro alcance; uno más de los que creen que somos los dueños totales de nuestra existencia, la cual manipulamos a nuestro gusto y de la que obtenemos los frutos que nosotros mismos hemos cosechado con nuestras acciones.
En cierta manera, sería un absurdo negarnos ante esta postura,no podemos darle la espalda a una evidencia, nuestro futuro se configura por el resultado de nuestros actos y las conductas que hemos ido adoptando a lo largo de nuestro camino.
Sin embargo, alguna noche que otra, ciertas dudas vienen a visitarme e intentan romper los esquemas mentales que con tanto esfuerzo me intentaron imponer.¿Podemos controlarlo todo en nuestra vida?¿Donde termina nuestro poder para decidir y actuar en nuestras propias realidades?
Esas dudas son como mosquitos que intentan introducir su aguijón en la piel de una mentalidad basada en la linealidad y en la asimilación de las palabras trabajo y monotonía con la palabra vida. En verdad, como personas o animales que somos, no creo que esté todo a nuestro alcance; siempre hay un hecho inesperado, un cambio en nuestra fortuna, un hecho que ha alterado el rumbo total de nuestras expectativas y ha puesto de manifiesto que ante ese "algo" totalmente ajeno a nuestra razón y voluntad, en muchas de ocasiones, no hemos podido intervenir ni prever su llegada.
Llámalo equis, llámalo destino o llámalo energía; pero, en efecto, es uno de esos factores que entran a formar parte en el juego de la vida, una de esas ráfagas de aire que mueve las ramas de nuestra azarosa realidad.